Contar por contar

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Los niños jugaban en el parque. Hacía un día muy soleado. Eran tres amigos. Julián, el mayor de todos y su madre le hacía siempre ser el responsable del grupo aunque sólo tenía once años. David cumpliría pronto los diez. Sin embargo, era mucho más corpulento que Julián. Finalmente, Juan era el más pequeño de todos, con siete años. En su cara sonrosada lo que más llamaba la atención era que le faltaban los cuatro dientes delanteros lo cual le confería un cierto aire de picardía en su cara en contraste con la dulzura de sus ojos y lo pacífico de su carácter.
Dos dientes se fueron solos y los otros dos dieron al traste en una caída de bruces a la que ayudó Julián que le puso un pie delante cuando corría detrás de un animalillo que vio en el parque.
Eran las cinco de la tarde y parecía que el sol traspasaba fácilmente las hojas de los árboles confiriéndoles un color amarillento como si de un otoño anticipado se tratase. Sin embargo era ya verano pero el calor aún no estaba en toda su plenitud. Las clases acabaron para ellos con un buen resultado así que tenían todo el tiempo libre para sus juegos.
No podían imaginar lo que les esperaba y, desde luego jamás podrían olvidar ese verano.


Pascual desesperaba en su silla de ruedas. Después del accidente de automóvil en el que terminó con tres costillas rotas y un clavo en cada rodilla, no veía el momento de ponerse bien del todo. Debido más a su tesón y tozudez y a los intensos días de rehabilitación constante, podía levantarse de aquella odiosa silla y dar algunos pasos pero agarrándose a todo lo que encontraba a su paso y las piernas le fallaban bastante. Aún no se había atrevido a bajar a la calle totalmente solo a pesar de que los médicos le habían dicho de que utilizando las muletas podía darse algún que otro paseo corto.
No quería confesarlo pero le daba un poco de temor aún y ante los extraños le entraba ese sentido del ridículo del que jamás pudo desprenderse en su niñez, así que prefirió aguantar un poco más y seguir en casa.
Después de tres semanas de encierro ya no pudo soportarlo más y le pidió a Dolores, que hacía las tareas en la casa que le ayudara a bajar al parque. El era hombre de espacios abiertos y ya la casa se le caía encima, así que ella, empujando la silla de ruedas le bajó un rato para tomar el sol.
Dolores era mujer nerviosa y pendiente de todo y, queriendo hacer cuatro cosas a un tiempo no tardó más de media hora en decirle a Pascual que debían regresar para prepararle la comida antes de marcharse ella ese día.
Sin embargo él la envió a casa y con actitud firme aunque cariñosa le dijo que no regresara a buscarle antes de una hora porque de lo contrario la despediría para siempre.
Por fin se quedó solo y tranquilo. Cerró los ojos dispuesto a dejarse acariciar por el sol durante un rato.
Sus deseos se truncaron de repente al oír un grito a su derecha y levantó la mirada.
Un hombre totalmente vestido de negro arrastra a un pequeño que lloriquea. No tiene más allá de siete años. Intenta llevarlo hacia la calle más próxima al parque donde hay un coche esperando con la puerta delantera abierta.
Desesperado, Pascual miró a su alrededor y, próximos al interior del parque ve a otros dos niños jugando al escondite.
Jamás en su vida se sintió tan impotente. No podía caminar, apenas si levantarse para ayudar al chico.
- ¡Malditas piernas!
Gira de nuevo la cabeza anhelando ver a alguien más que pudiera ayudar a ese chico o alertar a los otros.
Gritó con todas sus fuerzas pero no le oyeron. Pascual estaba justo a la entrada del parque, cercano a un banco para apoyarse en él si se atrevía a levantarse y a la sombra de un gran seto que prácticamente le ocultaba de las miradas de los demás. ¡Maldito sentido del ridículo!
El individuo se alejaba tapándole la boca al pequeño. Pascual no lo pensó más y gritó:
- Eh, tú, ¡suelta al chaval!
El hombre, sorprendido le miró pero sólo fueron segundos de duda. Inmediatamente recuperó su sangre fría y pensó que un viejo tullido, intentando bajarse de su silla de ruedas no le impediría su propósito de llevarse al chico.
Se acercó a Pascual sacando una pistola del bolsillo de su pantalón y, con mano firme, le disparó.
Sin un grito, sin queja alguna, éste recibió el balazo en el centro del pecho. El verde de los setos giró convirtiéndose en un azul oscuro y brillante para acabar teñido del negro más absoluto.

Varios muchachos, caminando deprisa por las calles del pueblo vociferaban, con periódicos en las manos:

- Han matado a un hombre y raptado a un pequeño. Han matado a un …….

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